Es inexacta la idea que
se tiene de la justicia divina. Se piensa de ordinario, vulgarmente digamos,
que la justicia de Dios es punitiva, castigadora. Pero no se nos ocurre pensar
que la justicia divina sea salvadora y no condenadora. Si la justicia de Dios
es Cristo, con toda verdad, la justicia de Dios es salvadora. En su mensaje
cuaresmal, el Papa nos ayuda a comprenderlo.
La justicia de Dios es
ante todo distinta de la nuestra, la humana. Y lo es porque es la sola justicia
que puede dar verdaderamente a cada uno lo suyo, que así se define la
justicia distributiva.
Lo suyo, lo propio del hombre,
lo que de verdad le pertenece, es todo aquello que necesita para vivir, crecer,
desarrollarse y alcanzar un cierto bienestar que le haga de verdad humano y
suficientemente feliz: los bienes materiales entre otros en general.
¿Y qué es lo suyo?
Lo más propiamente suyo es aquello que le da seguridad absoluta, plenitud y
gozo verdaderos, esperanza sin límites; es aquello más íntimo y trascendente
que sólo Dios puede darle: el Amor. Si esto le falta el hombre no puede vivir.
El hombre, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Así de
claro. Porque Dios es Amor.
Cristo es la justicia
de Dios. La justicia divina se ha manifestado y concretado, para todos los
hombres, en Jesucristo: No he venido para condenar al mundo, sino para
salvar al mundo. Afirmó incluso que nadie
tiene más amor que el da la vida
por los amigos, y —acota san Juan en el Evangelio—, habiéndolos amado
siempre los amó hasta el fin y hasta el extremo. Pues bien, ese
exceso de amor gratuito del Hijo Jesucristo a favor nuestro ha tenido en
nosotros dos efectos salvadores extraordinarios: liberarnos o desapropiarnos de
toda injusticia, fruto del egoísmo que anida en nuestro corazón (el perdón
misericordioso), y al mismo tiempo regalarnos la gracia salvadora, o sea,
llenarnos de la misma vida divina que Él era y había venido a traer en
abundancia. Esto lo ha realizado a través de su Sangre derramada en
Ésta es la locura del
amor de Dios hecho hombre. Ésta, la justicia mayor de la que todo hombre está
llamado a beneficiarse. ¿Pero cómo hacer?
Ha de ponerse a tiro de
la acción transformadora divina, es decir, creer en Jesús y aceptar con total
humildad que sólo Él es el Salvador y
¿Comprendemos por qué
la justicia de Dios es salvadora? Otra cosa es que uno quiera permanecer al
margen de la salvación. En ese caso, él, y sólo él, quiere perderse. Que quede
claro.